Cirilo y Metodio

Verano del 2019 no fue uno más. Cerramos La Casa blu por reparaciones y nos alistamos para pasar un fin de semana entre compañeros. Lo que llaman team building.


Salimos temprano hacia Lichovy. Un lugar modesto a orillas del Moldava. Leña, tranquilidad son en demasía para lograr un asado perfecto. ¿Y qué mejor que con quienes comparto día a día comer todos juntos?


Siete kilogramos de costillas, nueve de chorizos caseros (algunos con merken), unas 15 truchas, algunos kilogramos de lomo de cerdo serian el banquete del Valhalla que pensé. Comer como verdaderos reyes Vikingos, por decirlo de una manera.


Mi tarea ya estaba encomendada por los Dioses. Asar.


Lo que sería un asado en parrilla al piso de manera tradicional de los pueblos Patagónicos dio un giro inesperado. Pero en esto de la comida a la intemperie muchas cosas inesperadas pueden pasar; lo sé y celebro que así sea. Desde lluvias, mala leña, carne mal elegida hasta una sequía en el país que prohibía fervientemente asar.


Si, llegamos al lugar y nos informaron que no podríamos asar como lo planeamos. Como lo planeé. Nuestras caras, en realidad mi cara, lo decía todo. Sentí perder mi norte, lo juro. Finalmente hable con quien era el encargado y nos facilito un tipo de parrilla móvil, pequeña pero funcional. Nada sería como quería y la decepción era pura y exclusivamente mía (amante del fuego, las brasas y la cocina).


Ordenamos todas nuestras cosas y nos fuimos a disfrutar de los alrededores. Llegamos al bendito Moldava; y le digo bendito porque mi decepción se transformó en esperanza.


Mis compañeros se meten a nadar y algo en mi (que no se nadar) me decía que debía meterme. Y así fue. Lo increíble fue que al ingresar pise, justo al borde donde las olas bañan la orilla y un golpe hizo mi bienvenida al agua. Por supuesto pise arcilla. Y es aquí empecé a imaginar mi cocción. Trucha al Barro.


Este tipo de técnica no es de algún lugar específico sino de la humanidad per se.

Tome y descame una trucha de unos 350 gramos. Le agregue sal, pimienta, una rodaja de limón y algunas hierbas, un poquito de ajo (no mucho porque los sabores se potencian en el barro). Tome el papel de aluminio, con la cara mas brillante hacia arriba y acosté la trucha para que la magia empiece a suceder. La envolví como quien envuelve un caramelo, doble sus puntas hacia arriba y comencé a ponerle barro. Abundante. Procurando que no queden espacio o huecos abiertos. A quien se anime a hacer esto, deberá con el papel de aluminio hacer unos dobles que queden como unas tiras que servirán para llevar o sacar al pescado al barro de las brasas. Una vez que comencé a asar las otras carnes (historia para otra ocasión) “en la realidad paralela” puse la trucha sobre las brasas y cerca del fuego. No tengas miedo, no se quemará nuestra comida. Me aconsejaba yo mismo en silencio.

Al cabo de 2 horas lo retire con cuidado y lo coloque en el piso, con el revés del cuchillo lo golpee hasta que empezó a romperse el barro duro y quebradizo. Al llegar al papel de aluminio con mucho cuidado lo abrí, cuidadosamente. Y fue cuando una nube de vapor paso delante de mis ojos como cual tetera hirviendo. En esa nube se podía sentir los olores “de los elegidos” para acompañar al pescado. Mi cerebro podía unir esos olores en sabor. Anhelaba probar lo antes posible esa carne tan sedosa como el piso del Moldava. Resbaloso y aterciopelado, dispuesto a reescribirme el día y la receta para siempre.