Se me fue de las Manos (Pollo a la Spiderman)

Čenkovice, verano del 2019. Alrededor me maravilla el bosque y el cantar de los pájaros. Estoy sin fierros (coloquialmente llamado a los instrumentos que uso para cocinar como la parrilla, chapas, ollas de acero, etcétera.). Me encuentro sin instrumentos habituales no por negligencia sino para alejarme de mi comodidad y rebuscármela para asar.


Emprendo un recorrido por la zona y llego a “Jablonee nad Orlici” donde en un puesto callejero me hago de un pollo de granja. Compro además frutas, verduras y vuelvo a la cabaña para imaginar el ¿cómo cocinarlo?


Mi cabeza comienza a trabajar sin parar. ¿Quizá deba trocearlo? en barro? ¿o simplemente al horno a leña? (esta opción no me motiva, esta vez). Ni modo, en mi mente queda algo pendiente por resolver. Es de noche y mientras leo y repaso libros de literatura, cocina y construcción algo me hace recordar sobre las técnicas de cocción que aún usan los Masái de Kenia. Colgar.


Ya sé cómo cocinare al día siguiente. Duermo tranquilo.


Al otro día salimos a por frutillas, arándanos al bosque y estoy aun pensando en mi pollo.

Regresamos a la cabaña y me pongo manos a la obra. Cocinare como masái.

Esta técnica requiere armarse de paciencia, buenas brasas y sobre todo conocimiento de la circulación del calor alrededor de la presa. Tomo hilo de cocina y realizo nudos dobles para asegurar mi pollo.


La concentración está elevada. Dejo mi pollo preparado para colgarlo y comienzo a prender el fuego. elijo mis mejores troncos. Ahora la pregunta es: ¿dónde lo colgare? Tenía pensado un hermoso y antiguo Roble o quizá el esquinero de la cabaña. Al final me decido por un rastrillo y una orqueta. La magia comienza a suceder. Tengo el fuego bajo control y lo domino con comodidad, preparo la orqueta y el rastrillo (los aseguro al piso) y me dispongo a colgar el pollo. Todo va bien, pero la temperatura es elevada. Tengo dos opciones “bajar el fuego” o acortar los hilos. La segunda opción es la mejor.


Mi pollo de granja empieza a sudar y mientras esto sucede reviso el fuego con mi mano al aire, como tomándo la fiebre. Seguidamente, en una botella de plástico preparo una salmuera con hierbas que gentilmente me regala Vlasta Š (una de las mejores cocineras que conozco, contaré de ella otro día). Tomillo y laurel son lo elegidos. El primero me recuerda a mi ciudad después de una lluvia y el laurel fresco le da un fondo como de “asfixia” al agua con sal. Me encanta.


Esta mezcla liquida será mi regulador de temperatura y además de proporcionar salinidad y “crocanticidad” en la piel del pollo.


Pasando algunas horas, con alguna música, charlas con vino, el pollo ha tomado un color increíble. Un dorado disparejo con zonas visiblemente más crocantes (allí donde la salmuera y el calor fuerte llego mejor).


Al tacto el pollo está listo y los hilos que abrazan al pollo han sido un retén de los jugos que están a un mordisco de explorar por los aires. Lo descuelgo y lo dejo reposar sobre una vieja tabla de corte. Miro a mi alrededor y mis hijos están tan ansiosos como yo por comer. En esos momentos siento que mi mundo se reduce solamente a lo que cociné y no me importa más nada. El filo de mi cuchillo atraviesa crujientemente mi resultado, los aromas y la jugosidad que desprende son inigualables. Ni siquiera utilizamos platos “Todo se me fue de las manos”.